Hablar sin pensar
En el Perú, acaba de iniciarse una nueva representación parlamentaria que cuenta entre sus miembros varios congresistas cuya lengua materna es el quechua. Varias décadas atrás, el quechua fue declarado como una de las lenguas oficiales del país, con la salvedad de ser una lengua de la población predominante en una región. Ello significaba que en departamentos como Puno o Cusco tenía el reconocimiento pleno, pero en Lima, la capital del país, no era "obligatoria".
Más de un congresista ha expresado el derecho de expresarse en su lengua materna, el quechua, durante sus intervenciones y debates en el parlamento nacional. Como era de esperar, muchos han criticado dicha posición argumentando que si los indicados congresistas "saben hablar" castellano, entonces, "lo correcto" es que no hablen en quechua (pues la mayoría no entienden lo que dicen). Sin embargo, la situación no es tan simple.
¿Puede una persona hablar sin pensar? La respuesta sí es sencilla. El "habla", al igual que la escritura son expresiones o producciones del pensamiento. No hay palabra sin concepto. La palabra se verbaliza, el concepto se construye. Antiguamente se consideraba que la inteligencia y la emoción eran asuntos no sólo distintos sino independientes. Hoy, sabemos que ello no es cierto. Por el contrario, son instancias que guardan importante relación entre sí. La gestión del pensamiento, los procesos cognitivos que dan como resultado lo que decimos oralmente y lo que escribimos no está ajeno a la cultura, en su más amplio e intenso sentido. Una persona cuya lengua materna es el quechua "pensará" de distinto modo que otra con el castellano como lengua materna. Ninguna es mejor o mayor que la otra. La "construcción de la realidad" -esa de la que habló Piaget- y la "negociación conceptual" -esa de los enfoques constructivista del conocimiento- pasan por el pensamiento y la cultura.
Así como las políticas educativas más reconocidas sostienen que para los niños es conveniente y de justicia que inicien su educación formal sin desconocer su lengua materna y mejor si es en ella misma; en el caso de los adultos, la realidad es similar. No debemos forzar que, por razones formales o de otro orden, las personas deban "traducir" su pensamiento en la lengua de otros. Es obvio que no se trata de un asunto solamente lingüístico.
Más de un congresista ha expresado el derecho de expresarse en su lengua materna, el quechua, durante sus intervenciones y debates en el parlamento nacional. Como era de esperar, muchos han criticado dicha posición argumentando que si los indicados congresistas "saben hablar" castellano, entonces, "lo correcto" es que no hablen en quechua (pues la mayoría no entienden lo que dicen). Sin embargo, la situación no es tan simple.
¿Puede una persona hablar sin pensar? La respuesta sí es sencilla. El "habla", al igual que la escritura son expresiones o producciones del pensamiento. No hay palabra sin concepto. La palabra se verbaliza, el concepto se construye. Antiguamente se consideraba que la inteligencia y la emoción eran asuntos no sólo distintos sino independientes. Hoy, sabemos que ello no es cierto. Por el contrario, son instancias que guardan importante relación entre sí. La gestión del pensamiento, los procesos cognitivos que dan como resultado lo que decimos oralmente y lo que escribimos no está ajeno a la cultura, en su más amplio e intenso sentido. Una persona cuya lengua materna es el quechua "pensará" de distinto modo que otra con el castellano como lengua materna. Ninguna es mejor o mayor que la otra. La "construcción de la realidad" -esa de la que habló Piaget- y la "negociación conceptual" -esa de los enfoques constructivista del conocimiento- pasan por el pensamiento y la cultura.
Así como las políticas educativas más reconocidas sostienen que para los niños es conveniente y de justicia que inicien su educación formal sin desconocer su lengua materna y mejor si es en ella misma; en el caso de los adultos, la realidad es similar. No debemos forzar que, por razones formales o de otro orden, las personas deban "traducir" su pensamiento en la lengua de otros. Es obvio que no se trata de un asunto solamente lingüístico.

